A estas alturas parece claro que la Educación es el principal problema de nuestro país. Si bien en su momento la universalización de la educación (y especialmente la universitaria) era asignatura obligada para nuestros gobernantes, la experiencia de los últimos 30 años ha demostrado que ello ha ido en detrimento de la calidad de nuestra educación. Las diversas tribunas de opinión autorizada en la prensa suelen atestiguarlo, y a ello le unimos los informes PISA y similares, y el panorama es preocupante.
Me vino el tema a la cabeza el pasado viernes, viendo Hermano Mayor, reality de Cuatro donde un tipo-psicólogo intenta solucionar los problemas de familias desestructuradas. Y me acordé de algunas personas que conocí en la mili. También recordé que hace unos dias, comiendo con algunos compañeros del trabajo, alguno de los cuales está en proceso de selección y elección de escuela para su hijo, debatíamos nuevamente sobre la cuestión. En mi opinión, y sin menospreciar otros temas colaterales, la madre de todos los debates: la educación.
A la escuela pública le faltan recursos pero también una revisión a fondo de métodos y sistemas. ¿Cómo que repetir es un trauma? ¿Cómo se puede afrontar la vida profesional y personal de adulto si de niño o adolescente no te enseñan a tolerar la frustración y a superar las adversidades? ¿Para qué perder el tiempo en asignaturas optativas menores cuando no se obtiene una sólida base en Matemáticas, Lengua y Literatura o Historia? ¿Cómo se puede llegar a la Universidad, y peor aún, salir de ella, sin saber escribir correctamente? Nuestro sistema educativo sirve para aprobar, pero no forma ni educa ni enseña como debiera. ¿Dondé está el espíritu crítico? Aunque la responsabilidad no es exclusivamente de la escuela, sino de toda la sociedad. Y de las familias, para ser exacto, de los padres.
Se ha perdido la cultura del esfuerzo, la cultura de la asunción de la obligación y del deber antes si cabe que la exigencia del derecho y el haber. Pedimos, antes que damos. Y cuando la actuación no es recíproca, concedemos. Y así nos evitamos problemas. Orden, autoridad, disciplina, respeto y compromiso son algunas de las palabras a las que habría que dotar nuevamente de significado real. Dejémonos de dogmatismos. Estos no son valores de la derecha. Debieran ser los de todos. La crisis económica es clara consecuencia de una crisis de valores, y o recuperamos los primeros -Educación y Cultura- o saldremos en falso. El reto es grande, titánico, tal vez nos lleve toda una generación, pero no podemos permitirnos quedarnos de brazos cruzados.
Pues todo lo anterior lo expresa muy bien el artículo que reproduzco a continuación, uno más de los muchos magníficos que viene publicando el periodista Rafael Nadal, en esta ocasión, el 11.02.2011 en La Vanguadia. Viene al pelo pensando en la Semana Blanca.
Rafael Nadal
“La semana blanca como síntoma”.
“El consenso en la sociedad catalana es amplísimo: hay que reintroducir en las aulas el método, la disciplina y el respeto a los profesores, tanto en las escuelas como en los institutos y en las universidades. Tal vez no sea la solución a todos los problemas de nuestro sistema educativo, pero es la condición previa e imprescindible para mejorar los resultados. En esto, hace tiempo que ya estamos casi todos de acuerdo y, sin embargo, seguimos sin reaccionar, sin hacer nada.
Mateu es profesor de historia en un instituto de secundaria del Alt Empordà. Curtido en la clandestinidad y en alguna aventura latinoamericana, aguanta estoicamente cuando le llaman “hijo de puta” y cuando constata que “me cago en Dios” es la expresión más habitual no solamente entre los alumnos, sino también entre los profesores.
Hace poco, mientras supervisaba una clase de refuerzo en sustitución de una profesora enferma, un par de alumnas de 14 años, de un municipio rural de la comarca, empezaron a contar en voz alta sus experiencias de sexo anal a un grupo de chicos que formaron un corro, negándose a realizar las tareas encargadas. Al acabar la clase, se dirigió a la directora y le contó lo sucedido:
- No seas antiguo – escuchó atónito cómo le recriminaba la directora-,tienes que adaptarte.
No deberían extrañarnos las cifras sobre el fracaso escolar publicadas la semana pasada.
Sospecho que vamos hacia un sistema educativo de dos velocidades: una educación para las élites, disciplinada, eficiente, con salida directa hacia los puestos clave de la sociedad; y otra educación para las masas, confusa, desbordada y con pocas salidas profesionales. Los poderosos, que en cuestiones de orden no tienen complejos, van construyendo un sistema paralelo basado en escuelas privadas bien disciplinadas, pero no deberíamos olvidar que es en el segundo grupo donde Catalunya se juega su futuro: el mundo está lleno de países con élites muy bien formadas, que se estrellan por el fracaso de las clases medias.
Llevamos tiempo escribiendo y teorizando que el orden es imprescindible para que los maestros se concentren en la educación y la enseñanza. Pero si el consenso no se concreta en medidas reales, no sirve para nada. La denostada disciplina no es más que un ritual, un conjunto de normas que facilitan la convivencia y el estudio. Y de paso recuerda a alumnos, profesores y padres el esfuerzo colectivo que hacemos para dotarnos de un sistema de enseñanza público y gratuito.
Maria del Mar es una maestra catalana que lleva dos años dando clases en una escuela pública de Dallas (Texas) con más de mil alumnos, hijos de la inmigración mexicana. Al principio, se vio sorprendida por la disciplina del centro y no le gustó: no puede vestir vaqueros, ni faldas muy cortas; no puede tutear a los alumnos; no puede permitir que se dirijan a ella por su nombre de pila; los niños deben desplazarse en fila y en silencio. Dos años después, discrepa de algunas cosas, pero agradece tener garantizado el orden en clase, lo que le permite concentrarse sólo en la enseñanza; y cuando se plantea volver, no sabe si podrá adaptarse de nuevo a la indisciplina de la escuela catalana:
- En Texas, los inmigrantes sienten devoción por los maestros; si un niño no trabaja, le dices “llamaré a tus padres” y se pone a trabajar inmediatamente. En Catalunya, si riñes a un niño porque no trabaja es él quien responde “se lo diré a mi padre” y los profesores se arrugan al instante.
Seguramente no es el momento de buscar culpables. El sistema lo hemos levantado entre todos en los últimos treinta años y la falta de valores no puede atribuirse exclusivamente a una u otra ideología, porque está extendida por toda la sociedad. De hecho, tampoco comparto la crítica indiscriminada a los movimientos de renovación pedagógica, que en su día pusieron la escuela catalana a la altura de muchos países europeos. Es verdad que después se perdieron en una confusión tremenda, pero también lo hicieron nuestros políticos y la sociedad entera. Ahora deberíamos concentrarnos en rectificar, porque mientras hablamos, los maestros siguen sometidos a la dictadura de algunos alumnos vagos e intolerantes que actúan sobreprotegidos por muchos padres que intentan hacerse perdonar por haber fallado en sus responsabilidades familiares.
La fractura se agranda cada día, de forma que no podemos perder otro año en discusiones absurdas ni en indecisiones suicidas. No fueron un buen síntoma las primeras declaraciones de Irene Rigau – felizmente corregidas-dejando libertad a las escuelas para mantener o anular las actividades de la famosa semana blanca. Tampoco comparto el anuncio del president Artur Mas, en su primera entrevista en este diario, de que el próximo curso los días de la semana blanca se distribuirán “en fines de semana algo más largos a elección de cada escuela o distrito”. Las dudas de los gobernantes y el desvío de la responsabilidad a los propios educadores son una nueva fuente de enfrentamientos de directores con maestros, de maestros con padres y hasta de padres con padres; justo lo contrario de lo que necesitamos. Nuestra escuela reclama directrices claras, sencillas y contundentes. Artur Mas debe ser valiente porque ha llegado al Gobierno con el crédito suficiente para liderar también este proceso. Deberíamos creer en nosotros mismos y atrevernos de una vez a convertir nuestras convicciones en normas”.
El hombre del momento vivió a caballo de los siglos XIX y XX, y se llamaba Tesla. Hoy publica La Vanguardia
PP/Gürtel. La trama de corrupción que parece afectar a los populares valencianos y madrileños no deja de dar sorpresas. Hoy mismo, se ha hecho parcialmente público el secreto de sumario, a la vista de la cantidad de informaciones que ha ido filtrando la prensa. Lo último que aparece es que incluso
Por su parte, Lluís Foix nos ha dado una perspectiva de la sociedad americana, a la que ha visto muy de cerca en su reciente viaje de casi un mes por USA con motivo de las elecciones, y que
Leo ayer en La Vanguardia
Ya está en mi poder lo nuevo de